Opinión

Disquisiciones sobre la genética de Judas Iscariote

– Escribe Leonardo Z. L. Tasca *

Como uno más de los apóstoles de Jesús de Nazaret, Judas siguió a su maestro durante su predicación por Palestina y, según los Evangelios Canónicos, fue el pérfido traidor que reveló a los miembros del Sanedrín el lugar donde podían prender a su Maestro sin que sus seguidores interfiriesen, tal como el propio Jesús había anunciado en la Santa Cena. Él mismo fue quien dirigió a los esbirros que arrestaron a Jesús y les indicó quién era, besándole falsamente con alegría en la mejilla y en forma cariñosa.

Por su traición fue recompensado con treinta denarios. Pero al poco tiempo se arrepintió de sus actos e intentó devolver las monedas a los sacerdotes que se las habían dado, y al no aceptarlas éstos, las arrojó en el templo. Luego, desesperado ante la magnitud de su delación, se suicidó ahorcándose de un árbol. Por ello, la figura de Judas ha pasado a la tradición cristiana y a la historia universal como la del traidor por antonomasia.

La idea de un Judas Iscariote traidor simplifica las cosas para los que tienen responsabilidades de mando, elección de sus discípulos o aliados políticos y partidarios. Nadie habla de que Jesús se equivocó al elegirlo como uno de sus hombres de confianza para la magnífica empresa de cambiar el mundo y salvarlo.

Todo comienza cuando, además de convertirlo en su apóstol, también lo nombra tesorero o recaudador, lo cual le confiere la responsabilidad de proteger la recaudación en dinero común de la época y algunos bienes materiales que el Maestro recibía. Es decir, vemos que el Nazareno tiene que haber meditado mucho y por supuesto analizado sus condiciones antes de aceptarlo como uno de sus hombres y, a la vez, delegarle una de las tareas claves para llevar adelante su misión evangelizadora y salvífica.

En la versión clásica, lo primero que surge es que su traición fue movilizada por el dinero de las 30 piezas de plata recibidas luego del beso y la entrega a la patrulla judía del Sanedrín en el huerto de Getsemaní. Esa escasa retribución no podría haber despertado profundas ansias traidoras. Era un dinero que apenas alcanzaba para vivir un mes modestamente. En cambio, como tesorero del Mesías, manejaba sumas más cuantiosas o importantes en aquella época.

De espíritu exaltado y personalidad muy viva, sumamente avaricioso, fueron atributos que sin dudas, le valieron para que Jesús lo pusiera en la administración del dinero de los doce discípulos. Los diezmos de los fieles y atesorar, eran como inevitables, porque los necesitan para vivir sin trabajar y dedicarse por entero a la tarea evangelizadora de pueblo en pueblo llevando “la Palabra”.

El Mesías sabía y lo anunció entristecido dos días antes de las Pascuas: “. . . el Hijo del Hombre será entregado por vosotros para ser crucificado”. Ante lo inevitable: ¿eligió a Judas para esa tarea?, que al parecer también era su amigo muy querido.

Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo. Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle. Y en seguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Maestro! Y le besó. Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron “.

Judas había cometido otras felonías. Una fue robar el dinero común destinado a los pobres, que como tesorero tenía la obligación de guardar para ese fin. Sin embargo, no se sabe si en la Biblia hay algún antecedente de Jesús, ni reproches por esa actitud, menos que haya intentado despojarlo del cargo dentro de la organización, cuyo efectivo nombramiento lo relata el Evangelio de Juan.

Se sabe que en cualquier entidad o grupo, el cargo de mayor confianza es el de tesorero y quien tiene la potestad de su nombramiento por lo general elige al hombre de suma intimidad, y como atributos tiene además su amistad y es su confidente. Entonces, Jesús equivocó la elección. Tenía 11 miembros más, todos hombres probos, buenos y fieles, todos dispuestos a seguirle a todo trance y que el Maestro designó en distintas misiones singulares y salvadoras de redención; una de las más importante recayó en Judas, recaudar y guardar el dinero.

Si Judas fue un traidor, desaparece la responsabilidad de quien lo eligió, también desaparece la palmaria incompetencia de haber elegido al hombre equivocado. Nadie advierte que el Galileo hizo una pésima y lamentable elección de un colaborador tan importante.

En la época actual es versión corriente escuchar “fulano me traicionó” y así como Jesús no hizo un mea culpa de su elección errónea. También en la actualidad quien puede elegir entre un colaborador probado y digno, elige un “compinche”. Como vemos la responsabilidad es evidente: entre dos colaboradores, uno competente y el otro con “antecedentes”, el que tiene la capacidad de la decisión, no elige por ninguna de las dos capacidades descriptas, elige “un partícipe”.

Por supuesto, ante la felonía futura, rápidamente expresará “fulano me traicionó”. Claro no dice, “me equivoqué” o “hice una mala elección de un colaborador, yo soy el culpable, porque yo solo lo elegí”.

Seguramente una cualidad de mucha actualidad en las organizaciones es encontrar a quien echarle la culpa. Se podrá argumentar que nadie elige un colaborador para que lo traicione; es verdad. Pero nadie dice que ante las opciones, quien dirige la organización con reglas de elecciones que solo él maneja, relega al competente y se queda con el traidor por conveniencia mutua. l

Así, algunos, antes de expresar que lo traicionaron deberían decir, “me equivoqué” y asumir las responsabilidades ante los competentes relegados.

La traición de Judas no era la única, aunque esta sea la culminación de las diferencias con el Maestro. Había varias entre ellos. Una que siendo responsable del dinero común administrado, Iscariote criticaba la forma dispendiosa de los gastos del conjunto de los discípulos. Entre ellos, los costosos perfumes que usaba María Magdalena, persona muy allegada al Maestro. Ante la bronca de Judas, Magdalena ungió los pies de Jesús con esos perfumes carísimos.

Entonces Jesús, seis días antes de la Pascua, vino a Betania donde estaba Lázaro, al que Jesús había resucitado de entre los muertos. Y le hicieron una cena allí, y Marta servía; pero Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él. Entonces María Magdalena, tomando una libra de perfume de nardo puro que costaba mucho, ungió los pies de Jesús, y se los secó con los cabellos, y la casa se llenó con la fragancia del perfume. Y Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que le iba a entregar, dijo: ¿Por qué no se vendió este perfume por trescientos denarios y se dio a los pobres? Pero alguien agregó, no sé porque se preocupan por los pobres. Entonces Jesús dijo: Déjala, para que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis.

Investigaciones bíblicas recientes han comprobado relaciones más particulares entre la blonda y el Maestro, convirtiéndola en piedra de discordia entre los apóstoles. Ese comportamiento también cobra actualidad, siempre el jefe de alguna organización tiene su María Magdalena Siglo XXI. Podemos afirmar que el comportamiento de la bella protegida no es correcto; sin embargo, la Biblia no habla de traición.

Veámoslo así, si Judas era el tesorero de esa organización, elegido y consensuado para ese cargo, no hubo traición, en cambio sí hubo una desacertada elección de la persona para un cargo tan importantes. ¿Acaso Pedro no cometió traición en la reiterada negación al Maestro?

Por otro lado, Judas dominado por el doloroso remordimiento ante la espantosa consecuencia de sus actos y posterior crimen del Nazareno, se suicidó, con lo cual podríamos asegurar que sin dudar estaba arrepentido. En ciertas leyendas se reconoce algo de compasión para el tesorero traidor, ya que su conocida maldad hizo posible la redención o crucifixión de Cristo encarnado en el sufrimiento y su muerte representa los aspectos centrales de la teología cristiana, incluyendo las doctrinas de la salvación y la expiación. Los cristianos han entendido teológicamente la muerte de Jesús en la Cruz como muerte en sacrificio expiatorio.

Los cristianos católicos y ortodoxos celebran la Eucaristía como actualización o continuación, independientemente del tiempo y del espacio, de este mismo sacrificio.

Algunas versiones alternativas de las narraciones de las acciones y dichos del Mesías no fueron aceptadas por las remotas iglesias cristianas o no se difundieron entre ellas. Del mismo modo, surgió la necesidad de completar, explicar o interpretar los relatos evangélicos recibidos. Estos textos son llamados “evangelios apócrifos”, palabra que en un principio indicaba su carácter secreto y luego tomó su connotación actual de calumnia o falsedad.

Si bien el contenido histórico de los apócrifos es escaso, los estudios más recientes encuentran en ellos algunos datos importantes y los valoran como testimonios de las creencias cristianas más antiguas.

La figura de Judas despertó gran interés entre los investigadores y redactores de los textos apócrifos. Por un lado, se trataba de mera curiosidad acerca de un personaje elegido por el propio Jesucristo, convertido en traidor. En otros, en especial los grupos que reivindicaban un cristianismo esotérico, como los gnósticos,

Judas Iscariote era portador de un significado oculto que iba más allá de sus actos. Los cainitas (1), por ejemplo, cuyos textos no han llegado hasta nosotros, creían que Judas era un instrumento de la sabiduría divina, y su traición, una victoria sobre el mundo de la materia.

En definitiva, Judas Iscariote no fue más que un hombre común. Se le conocen traiciones rapiñas, no se le conocen milagros. Tuvo – eso sí – la llama interior o vocación de pretender ser dirigente, por ello se integra al grupo de los apóstoles. Eso es así, como muchos, que arriban a las organizaciones para sacar alguna ventaja personal de fama y honores y enriquecerse.

Esto último tiene rigurosa actualidad y han pasado más dos mil años.

Notas:

(1). Los cainitas eran un desprendimiento de los ofitas (su nombre deriva de phis, serpiente), situada también en el siglo II, y tributaba veneración a Caín, por ser un reprobado del Dios de los judíos. A todas las personas a quienes consideraban que Dios había condenado les dedicaban un piadoso culto. Esta secta cristiana nunca contó con gran número de adeptos dentro de los seguidores de las sectas gnósticas.

El autor es historiador y ensayista, su último libro es “Preceptiva sobre San Martin y libre cambio pirático”, publicado por la editorial Editores de América Latina.

 

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